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Cuidar el cerebro de nuestros hijos

“Si quieres tener hijos felices, no hagas que el viento sople siempre a su favor; enséñales a navegar en tempestades para conseguir aquello que quieran en la vida”

Tener un objetivo y emocionarse, dos caminos hacia la motivación

La motivación del estudiante no es un constructo independiente que sucede porque sí, sino que es dependiente de otros factores. Dos factores importantes son los objetivos y las emociones. La motivación existirá o no existirá dependiendo del objetivo. Si el alumno no tiene un objetivo intrínseco (deseado por él mismo) no va a existir esa motivación o será deficitaria. Pero a veces no es necesaria la motivación para aprender. Cuando introducimos la emoción auténtica en una actividad, construimos una pasarela que “arrastra” al alumno al aprendizaje.



¿Por qué hay alumnos que estudian mucho pero no les cunde?


“He estudiado muchísimo y me ha salido fatal el examen”, “lo sé, pero no sé cómo explicarlo”, “lo entiendo, pero cuando tengo que aplicarlo a un caso práctico no sé cómo hacerlo». Estas situaciones y otras similares indican que, habiendo hecho un esfuerzo por aprender, muchos estudiantes no lo logran. Y si esta situación se repite varias veces puede llegar (¡y de hecho llega!) a generar frustración y desmotivación hacia la materia que se está intentando aprender. Esta circunstancia tan desagradable podría haberse evitado si los estudiantes tuvieran claro, desde edades tempranas, qué es aprender y qué tienen que hacer para que no les resulte más difícil de lo que realmente es.

Uno de los errores más frecuentes en las aulas es que los aprendices conciben el aprendizaje de una manera muy restringida: “Aprender es memorizar literalmente”. De este modo afrontan las tareas de forma muy superficial y pasiva, recurriendo a técnicas básicas como la mera repetición de los contenidos que aparecen en los textos, sin reflexionar sobre la validez de esta técnica y sin propósito consciente de comprender. Afrontan, pues, la tarea de aprendizaje de forma mecánica, reproductiva e ineficaz.

Aprender estrategias para no tropezar más

Ante esta situación, la investigación educativa destaca la trascendencia que tiene ayudar a los alumnos a hacer explícitas sus teorías sobre qué significa aprender y a modificarlas enseñándoles a abordar las situaciones de aprendizaje de una manera más reflexiva y eficaz.

Es importante que el aprendiz entienda que adquirir conocimientos implica memorizar pero, la mayoría de las ocasiones, de manera comprensiva y funcional. Se trata de que “aprenda a aprender” de manera no irreflexiva, sino deliberada y consciente, lo que exige la adquisición y uso de estrategias de aprendizaje.

Las estrategias de aprendizaje son secuencias de actividades orientadas a conseguir un objetivo. Su función es facilitar la adquisición de los conocimientos de manera significativa. Son acciones puestas en marcha por el aprendiz de manera intencional, que exigen tomar decisiones conscientes respecto a cómo afrontar la tarea de aprender. Para ello no solo debe conocer qué actividades puede realizar (por ejemplo, subrayar, esquematizar, resumir, parafrasear…), sino cómo, cuándo y para qué es importante realizar cada una de ellas.

Este “conocimiento condicional” es clave, ya que permite al aprendiz utilizar los distintos procedimientos de aprendizaje que conoce, no de manera mecánica (¡subrayar no es poner líneas debajo de determinadas frases!), sino premeditada.

El aprendizaje estratégico exige planificar qué voy a hacer, con qué propósito y cómo lo voy a hacer.

Pero, puesto que las acciones seleccionadas deben dirigirse a un objetivo (asimilar la información de manera comprensiva), además es necesario controlar el propio progreso durante la realización de la tarea y evaluar, una vez terminada, si el objetivo de partida se ha conseguido o no y, en este caso, revisar las acciones llevadas a cabo y modificar las que sean necesarias.

Aprender de manera estratégica supone siempre “pensar antes”, “pensar durante” y “pensar después” de actuar.

Alguien debe actuar como guía

Una cuestión fundamental que no puede ser ignorada es que este tipo de aprendizaje es difícil y, por supuesto, no depende solo del aprendiz, sino que exige que alguien actúe como guía: los maestros y los profesores. De hecho, la mayoría de las cosas las aprendemos junto con otros y, cuando los aprendizajes son complejos (y aprender a aprender lo es, y mucho), ¡gracias a otros!

Por ello, los docentes no deben conformarse con transmitir contenidos, sino que deben hacer un esfuerzo consciente por ayudar a los estudiantes a aprender comprendiendo. Pero, ¿cómo “enseñar a aprender” en las aulas?.

Dos herramientas son fundamentales: el modelado y el feedback.

El modelado. Consiste en presentar los contenidos a aprender ofreciendo un “modelo” de cómo y qué se piensa mientras se lee (por ejemplo, ¿qué hago antes de empezar a leer un texto académico?, ¿por qué?, ¿cómo saber qué es importante para subrayarlo?, ¿cómo puedo relacionar la información seleccionada?, ¿qué puedo hacer para no perderme?).

Se trata de pensar en voz alta para “prestar” a los alumnos los propios procesos de pensamiento desplegados durante la lectura comprensiva, para “hacer visibles” las actividades mentales que ponen en marcha para leer significativamente. Así, los aprendices pueden observar y elaborar una idea clara de qué es lo que se espera que hagan cuando tienen que asimilar los contenidos y de cómo hacerlo.

El feedback. La segunda herramienta consiste en ofrecer al alumno información clara y precisa respecto a lo que ha hecho y lo que debería haber hecho, a lo que hace y lo que debería hacer para que pueda corregir y mejorar su proceso de aprendizaje.

En suma, como muy bien señala J. I. Pozo en su magnífico libro Aprendices y maestros, la manera de aprender no se puede desligar de la manera de enseñar. Por ello, para evitar situaciones como las descritas al inicio, es necesario que ambos, profesores y aprendices, aborden los contenidos académicos de forma reflexiva y siempre consciente.

*Este texto ha sido publicado originalmente en The Conversation.

Neuroeducación en el aula

Es hora de aplicar en el aula las evidencias científicas que ya existen sobre el aprendizaje.
Cuando organizamos los aprendizajes de tal modo que conecten con la curiosidad espontánea de los alumnos, estamos activando los circuitos de recompensa de sus cerebros. Éstos segregan dopamina y, por tanto, aprender se convierte en un placer.

Estrategias para aprender mejor

Barbara Oakley es profesora de Ingeniería en la Universidad de Oakland (EEUU). Participa en múltiples áreas de investigación, que van desde la educación STEM, la educación en ingenierías y las estrategias para aprender a aprender.